Umbrios cielos

Umbríos cielos acezantes de tormenta, próximas y laberínticas costas de los pasos del suroeste Patagón, tras de las que se intuían travesías entre los escollos, en donde incluso los iniciados se perdían alguna vez. Conjuraban con facilidad las atmósferas más siniestras que ocultaban fatídicas sirenas, u oscuros y amenazadores monstruos que de vez en cuando emergían para llevarse consigo hasta los infiernos, a los atrevidos navegantes que en esa mala hora se habían aventurado en busca de una mejor ruta.
Reflejos sobre las negras aguas, encima de las que espejeaban rayos mortecinos de sol, que de vez en cuando se escapaban de entre los negros cielos, eran rotos en penachos de espuma, que blanqueaban súbitamente al chocar contra el casco de la nave, una carraca de tres palos. La Santa Úrsula, quien ya había navegado en las rutas de Turquía, e incluso en las de la península del Indostán, que había soportado mil tormentas, y sus cañones detuvieron el avance de los piratas en el Mediterráneo.
Aquel temprano atardecer preñado de frío y hambre, aguzaba la vista el piloto en la soledad de su guardia, buscando la ruta para acertar en el paso hacia el Pacífico, a través de la guía del inhóspito cabo de las Once Mil Vírgenes, un confín barrido por los vientos patagónicos, un lugar de agobiante soledad, en el que las ondas sugerían a los navegantes que las cosas no eran lo que aparentaban, sino algo peor.
Voces invisibles traídas por el viento helador del precoz invierno que se avecinaba sobre las jarcias, hablaban de secretos y posiblemente de lo oculto, recordándoles que al fin y al cabo, la insondable profundidad había tomado parte en llevarse sus vidas fatalmente durante aquel viaje.
La escasa luz fue declinando rápidamente en aquellas latitudes, y al poco de haber oscurecido por completo, una especie de calma premonitoria llevó hasta la Santa Úrsula rumores y olores en el viento, de tierra caldeada, que provocaron un estallido blando de nieve que sin verse, iba recubriendo con un fino manto blanco todo el maderamen de la nave. Con la llegada de la noche algunas horas después, la bajada de la temperatura había congelado totalmente todos los cabos y las velas recogidas, antes de caer la negrura del todo.
No habiendo sido posible encontrar la alineación del cabo de las Once Mil Vírgenes ante la premura de la oscuridad, se echó el ancla con la esperanza de tocar fondo. El viento procedente antes de tierra les había hecho derivar hacia levante, y la sonda no daba señales de fondo cuando estalló la tormenta definitivamente. Sin más preámbulo que el de una fortísima y densa cortina de agua, que sustituyó a la anterior nevada, el cabeceo de la nave comenzaba a hacerse cada vez más brusco, hasta que se convirtió en un baile que hacía crujir las maderas por el esfuerzo que soportaban. Auténticos ríos de agua barrían la cubierta en toda su extensión, los gritos y lamentos de marineros arrastrados por la borda, se confundían con las órdenes del capitán que no llegaban hasta los oídos de casi nadie. El piloto atado a la rueda del timón, al sorteo de los relámpagos que desgarraban la oscuridad casi constantemente, conseguía a duras penas entrever las montañas de poderosas olas que se proponían hundir la nave, mientras que él con su pericia procuraba no presentarles el través. Siempre atento al menor atisbo, en la estremecedora oscuridad, de advertir el vacío que provocaban las olas después de haberlas superado con éxito, ese vacío que parecía absorber a la Santa Úrsula hacia la nada, para encontrar poco después un, como manotazo de gigante. Una ola que pareciera ser la última, la que por fin desencuadernase la nave, esparciendo como palillos insignificantes las astillas de las vigas y entablados del barco y su cubierta, pero no era así, el tormento se repetía una y otra vez.

Umbrios Cielos, Aventuras en libros y novelas, www.librosynovelas.es
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La tripulación se refugió en la bodega con la esperanza de correr el temporal, desoyendo las órdenes del capitán, atrancando escotillas, escasas de estanqueidad, por las que se colaba el agua, haciendo cundir más todavía el pánico y los gritos de la tripulación, envuelta en la negra oscuridad. Bodega de gritos, quejidos, heces, toneles que peligrosamente golpeaban a unos y a otros provocando heridas. Más agua cada vez y juramentos mezclados con blasfemias, eran apagados por el bramido inconmensurable del océano, esperando que el próximo golpe fuese con temor el definitivo. El piloto medio ahogado unas veces por las olas que tardaban una eternidad en pasar sobre él, asfixiado otras por sus propios vómitos que le subían desde el estómago hasta la boca, sobre todo cuando la nave parecía bajar a una velocidad vertiginosa hasta el mismísimo fondo, creyendo que se iba a estrellar contra él. No sabría en qué momento juzgó estar muerto al no sentir nada ya cuando una luz poderosísima, se estrelló contra uno de los palos de la Santa Úrsula, descendiendo a continuación como un resplandor de fuego fatuo por las jarcias y los travesaños de la embarcación, convirtiéndola en una nave fantasmagórica fosforescente, como si un diablo exterminador la hubiese tomado.
El inusual silencio que acompañaba aquel momento hizo que su madre se asomase a la galería, vigilante para saber qué hacía en medio de la tarde callada, una vez protegido con su mirada, continuó jugando con un barco de madera en aquellas horas de verano, remangados los brazos y provocando tormentas en el agua de una tinaja de boca ancha y poca altura, situada en el rincón de la galería que daba a los corrales de la vecindad en la casa de sus padres, en la que hacía nacer tormentas que forjaban zozobrar a aquel trozo de madera pintado de azul, con la cubierta blanca así como las bordas. Tenía tres palos y unas velas que siguió con sus singladuras por mares desconocidos y fantásticos, recordando aquel mar Mediterráneo que había visto por primera vez tal vez aquel mismo año de su tierna infancia.

2 comentarios en “Umbrios cielos”

    1. Agradezco sinceramente el tiempo que me has prestado con tu lectura. El que te haya gustado mucho es un aliciente que me ayuda a mejorar y continuar enviando invitaciones a la lectura de estos relatos que ya inicié hace tiempo.
      ¡Gracias!

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