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Desánimo e indolencia

Desanimo e indolencia, Costumbrismo, en libros y novelas, www.librosynovelas.es

Desanimo e indolencia, Costumbrismo, en libros y novelas, www.librosynovelas.es

Desánimo e indolencia, las rocas sobre la arena.

Había amanecido un domingo lluvioso. El tenue resplandor de la mañana otoñal se filtraba a través de los cristales de la ventana, comunicando a la habitación un aspecto de frío relajado que invitaba a continuar con el descanso, más aún, pensando en la jornada larga y reposada que se avecinaba, y que prometía un enclaustramiento forzado por la lluvia. Sonaban débiles las gotas al caer sobre el pavimento del exterior, y el repiqueteo blando del agua sobre el tejado, comenzaba a formar débiles e intermitentes hilillos que, desde las canales de las tejas, se precipitaban hacia el vacío para estrellarse unos metros más abajo.

Resolvió continuar en la blanda e indolente comodidad de la cama. Poco a poco iban pasando los minutos mientras se acercaba el mediodía, con ese abatimiento y laxitud de los domingos grisáceos.

Contra cualquier intención de levantarse, al continuar de ventanas para afuera la misma luz, la misma intención indolente  del día de no arrasar las nubes con una brisa por leve que fuera, continuó en la somnolencia. Arrasar literalmente, es lo que debería hacer, para ofrecer una destellante jornada de fiesta en la que el campo y cielo se engalanasen con todos los vivos matices del rojo y amarillo del otoño.

Por fin, avanzado el día, los campos de los últimos días de octubre, de los viñedos bermellones adivinables en la distancia, se dejaron ver. La tierra oxidada y honda, y arriba el cielo desemplomado de nubes, alguna blanca, tal vez alguna gris, mientras que alguna ventana se rasgaba entre ellas definitivamente, después del mediodía. Dejaron de pasar nubes, para entrever el azul desvalido del cielo otoñal, en su más rica variedad tonal de la luz en esa época.

Al fondo, montañas arcaicas cerraban los horizontes, difuminadas entre una neblina lejana. Almendros y algún olivo por las barrancas de las colinas lejanas, punteando entre las viñas anteriores. Los cercanos álamos del río apuntaban como llamas amarillas hacia el cielo desde los sotos.

La vista se remansaba al paso del río, que engalanaba sus orillas con banderas de fresnos y chopos color limón. Más adelante, las llanuras que se abrían paso entre las colinas presentando la amplia depresión en donde la luz, en este doming, estallaba poco a poco .

La casa fuerte en la lejana colina, guardián dormido de antiguas vidas, pasados hechos, se recortaba contra la faja roja y vieja de las primeras murallas de las sierras exteriores de la gran cordillera del norte. Algunos olmos solitarios, aquí y allá, anunciaban su longevidad.

Por la lectura de “Versos Escritos con desánimo”:

¿Cuándo he mirado por última vez los redondos

ojos -tan verdes- y los ondulantes

cuerpos de los oscuros leopardos de la luna?

Todas las montaraces hechiceras

-nobilísimas damas

a pesar de sus palos de escoba y de sus llantos,

de sus airados llantos- ya se fueron.

Los sagrados centauros de los montes

han desaparecido.

Yo no tengo ya más que el sol amargo.

Proscrita y esfumada

la heroica madre luna,

ahora que cumplí los cincuenta años

he de sufrir el sol, a mi tímido sol.

William Butler Yeats

http://amediavoz.com/yeats.htm

 

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