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Lucie

Lucie

Lucie es una hermosa joven de ojos brillantes y cabellos oscuros como la noche, rasgos que se enmarcan a la vez en un cuerpo de arrebatadora belleza de mujer ardiente, cuya edad debe rondar entre los treinta y los cuarenta años. Si la observas en silencio y sin que ella se dé cuenta, podrás admirar la rotundidad y seguridad de su apostura serena, pero cuidado que no te vea, pues si no se siente observada podrás enamorarte de su belleza en un momento, de su gracia al moverse y de su sonrisa y todo, casi sin quererlo, sin decírselo. Razón por la que cuando la observes tendrás que ser discreto.

Sus movimientos, y los ademanes de su cuerpo son a veces como el de las cañas en el campo cuando las mece la brisa, como banderas de colores, como el temblar de las hojas de los álamos.

Si la sigues mirando puedes quedar hechizado admirando la gracia de su actividad, pues uno queda como embelesado, y mientras estás absorto en su contemplación, ella puede haberse dado cuenta de que la has estado mirando.

Si tienes la suerte de que te devuelva la mirada con una sonrisa, serás el hombre más afortunado de la tierra, pero ¡Ay de ti, si te mira con seriedad! ¡tiembla porque has desatado la furia de una diosa que podría matarte si se lo propusiera, solamente con su desdén.

Una vez la miré, y ella se dio cuenta de que lo había estado haciendo, tal vez demasiado, y enrojecí de inmediato. Había sido por mi parte una falta de tacto, y es que había estado tan absorto en su contemplación, que solo salí de mi asombro cuando sentí sus pasos acompasados con un rumor de agua que venía de la cercana orilla del mar.

Ahora Lucie pasa los últimos días en una ciudad tropical de la que va a partir. Cosas de la vida. Su cuerpo y su espíritu ya no quieren estar allí.

Lucie, a veces, si la observas con cariño y atención, podrás ver que en algún momento está triste y apesadumbrada por el dolor de una pérdida reciente, se ve en su mirada de miel que yo adoro, (pero no se lo digáis a ella).

Ahora como se ha dicho, va a regresar a una ciudad en la que hace mucho tiempo que no ha estado, para cumplir con la promesa que se ha hecho a sí misma, y quién sabe si a algún ser querido que ya no está con ella.

Pero no nos pongamos tristes y sigamos mirándola, silenciosa, pensativa, respetemos su silencio. A mi me gusta pensar en ella haciéndome ilusiones de que la observo en su intimidad sin que se dé cuenta. Me gusta ser como el vigilante de su sueño, como el ladrón de su gracioso ajetreo, como el afortunado que respira el mismo aire que ella.

Ante Lucie la tierra es larga, de hondo camino hasta su nueva casa, para la que ya ha elaborado un ilusionado plan, y en el cielo ilusionado que anhela, se van despejando las nubes de su futura vida.

En estos días previos a su deseada marcha, vuela a veces algún pájaro rasante que la asusta, pero ella sigue adelante, es una mujer fuerte y decidida, estoy seguro de que vencerá, lo sé porque he venido observándola y mi ojo no me engaña.

Vivirá feliz en su amada ciudad, bañada por ríos de nombre antiguo, de montañas viejas que cierran sus horizontes a derecha e izquierda, su amada ciudad desde la que allá a lo lejos, apunta la lejana cordillera nevada, difuminadas sus cresterías entre una neblina remota.

Si tenéis la suerte de seguir gozando de su amistad podréis ser los más afortunados del mundo.

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