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No cruces el maizal

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Le habían advertido muchas veces que no cruzara por el maizal a la caída del sol, cosa que no hacía nunca sin compañía, pues sentía un temor profundo al adentrarse con la luz menguante en medio de aquella maraña de hojas cortantes y de altos tallos que le ocultaban.
Adentrarse en el maizal era sumergirse en un mundo peligroso, todo un mundo verde, o muerto y reseco según la estación, en el que ni te veían ni podías ver.
Con el resto de los nietos sentados alrededor de la chimenea en las noches frías, después de la cena, había oído al abuelo narrar espeluznantes historias ocurridas en el maizal, como aquella de los tejones que devoraron a una niña que se aventuró por atajar hacia su casa una noche. Miraban al abuelo sonriéndose, pues de todos era sabido que los tejones no atacan a los hombres, y menos a una niña; pero ante sus risas, el abuelo los miraba con unos ojos penetrantes en los que se podía leer, además del reflejo de las llamas, el pasado oculto pero real de aquellas historias.
Le producía un terror especial, la de los cadáveres de pájaros amortajados entre las hojas del maíz, como si de un cementerio se tratara, en el que las mismas hojas hacían de tumba y de pedestal a la vez, según había leído que eran los cementerios de los indios americanos. Lo que más le aterraba era encontrarse a la altura de la vista con una imagen como la descrita en caso de atravesar el maizal, pero casi tanto o más le angustiaba el misterio que envolvía al desconocido ser y las intenciones que perseguía procediendo de esa manera con los pájaros muertos.
A veces, en juegos con los amigos, cuando se internaba en medio de la alta plantación que crecía a su alrededor, al recordar de pronto la historia del abuelo, le daba un escalofrío, y se le erizaba el pelo de la nuca aunque hiciera calor; cuando esto ocurría, salía corriendo como un loco a la linde del campo o al camino, estuviera donde estuviera, y llegaba al descubierto respirando con fatiga y con finas cortaduras de hojas en la cara, igual que arañazos de una selva hostil.
La tarde en que ocurrió aquello era a finales del otoño, y el maíz ya casi estaba seco y próximo a su cosecha. Los álamos a la vera del camino cimbreaban sus altas copas a capricho del viento, y las hojas temblaban al compás de las de olmos y manzanos. Todas las tardes pasaba la linde y cogía una manzana que le refrescaba la boca durante el resto del camino, pero en aquella ocasión, especialmente tarde, en la que soplaba un ligero viento del norte, no le apetecía manzana alguna: había salido el último del cole, media hora más tarde, castigado por el maestro por hacer el ganso en clase.
La tierra rojiza del camino, enmarcada por las lindes recubiertas de hierba y maleza, resaltaba como un manto al reflejar las últimas luces del día. Brillaban los primeros planetas en el cielo y la dueña de la noche en su cuarto menguante comenzaba a hacer su aparición.
Caminaba en silencio sin golpear las piedras; a derecha e izquierda comenzaban a verse las luces de las casas desperdigadas por el campo. Ya faltaba poco para llegar a la suya. Después de cruzar la hondonada del arroyo, volvía a subir el camino de manera brusca: le costaba muy poco ganar esos metros en una carrera que acostumbraba a dar en aquel tramo. Al llegar a lo alto solo quedaba un trozo recto largo y una curva a la derecha, tras la cual no muy lejos estaba su casa.
Entre las luces inciertas, observó que cerca de la curva allá lejos había una persona parada, o al menos no parecía moverse, o sería una ilusión que se formaba en su cerebro. Pero no, conforme se fue acercando vio que era una persona inmóvil. Cuando estuvo más cerca, supo que era una mujer. Y cuando estuvo a diez o doce pasos, reconoció a su vecina, la anciana de la casa del otro lado del prado. Se paró, pues estaba extrañamente quieta y seria, le miraba sin mirarle, como si lo hiciera a un punto mucho más allá, mucho más lejos de su espalda. De pronto se dio cuenta de que ¡tenía patas de ganso! Se lanzó atemorizado al maizal, corriendo a ciegas, hiriéndose con las hojas secas, a trompicones sin mirar atrás, horrorizado por la hora y por la visión.
Salió al fin por la otra punta cerca de su casa y antes de entrar intentó serenarse un poco sacudiéndose las brozas y hojas que hubieran podido enganchársele. Entró:
—Ah, ya estás aquí, ¡qué tarde hoy! —le dijo su madre— Cámbiate de ropa, que te la he dejado encima de la cama.

—¿Para qué? —protestó tirando la cartera a un rincón.
—Te vienes conmigo al velatorio. Esta tarde ha muerto la anciana vecina de la casa del otro lado del prado.

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