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Motín

Motín. Costumbrismo, librosynovelas

(Hambre)

Desde lo del motín, las cosas van peor que antes, pues ahora es más difícil encontrar trabajo, algún amigo suyo se ha ido del pueblo con familia incluida, y alguna casa se empieza a quedar vacía.

La ocupación de Tablado, parecía que daba comienzo a una vida nueva, fue algo que nunca había pasado en el pueblo, vamos ni los mas viejos recordaban algo parecido hasta que llegó la Guardia Civil con sus caballos. Entre unos pocos disolvieron a todos y se llevaron a los que más gritaban.

Hoy no hay trabajo ni en la mina, bueno, no es que no haya, es que los patrones no quieren darlo, prefieren cerrar unos días. Ellos pueden aguantar, nosotros no, pero además de qué sirvieron las protestas, de nada, el motín contra el impuesto al consumo, de que sirvió, todos los que trabajaban en la mina, al día siguiente estaban allí como clavos y sin protestar.

 Pero había que hacerlo, era necesario, aunque no haya servido de nada.

Segundo recuerda ahora caminado entre la lluvia, las carreras huyendo de la Guardia Civil, las escenas sangrientas y llenas de estampidos.

Casi sin darse cuenta, después de un rodeo eligiendo mejor camino que sabe andar de noche, ha llegado ante la Ermita de los Santos, en donde se guarece para sacudirse algo la lluvia.

Segundo y Juana son padres de tres hijos.

¿Qué vida les espera en caso de seguir aquí?

Han pasado tan deprisa estos dos últimos años y tan lentos a la vez…

Amanece cuando Segundo y sus compañeros ya han dejado atrás Vozmediano, bajando hacia a Ágreda con el ganado. Es la primera vez que va a La Bardena, el día no se presenta malo. Serán dos jornadas de camino desde allí hasta La Nava, ya en Aragón, e ir después pastoreando hasta los Montes del Cierzo encima de Tarazona, y allí coger la cañada que va hasta Tudela, y luego a Sta. Margarita, a buscar el sorteo de los pastos.

Desde los Montes del Cierzo hasta La Bardena serán otros cuatro o cinco días más si todo va bien, después los meses hasta que llegue el verano, comiendo migas con sebo y bebiendo agua de balsa, y vuelta a subir con el ganado hasta Castilla.

Al sexto día de la salida de Borobia llegan ya a la cañada de Tauste a Sierra Andía, el aroma de los ontinares, las sisallas y los espartales anuncian La Bardena. A los ojos de Segundo se presentan por primera vez los profundos y cambiantes barrancos a lo lejos, y los cabezos recortados por el agua, aventados por el viento. Extensos pastos y campos de cereal en los planos y en las laderas laboreadas desde generaciones.

Mientras, las esquilas y el polvo del ganado siguen sin parar, el sabor agrio en la garganta mezclado con el polvo, subir y bajar, caminar, caminar, todo  se hace molesto, todo estorba, caminar, caminar, algún trago de vez en cuando, y la mirada lanzada a lo lejos buscando llegar, buscando otras veces el suelo que pisa, y caminar. No cuenta la memoria en este viaje, solo cuenta la mirada y el cansancio.

Mas tarde el olor a humo, y al filo del anochecer aun dorado por los últimos rayos del Sol, bajando el camino que traen, a pasos ya cada vez más largos, apoyando el cayado en la tierra para frenarse, entre el griterío de los otros pastores azuzando a los perros, ante el desorden que provoca en las ovejas la bajada, los ladridos, los balidos, el arremolinarse del rebaño, los mordiscos, las carreras, las piedras lanzadas por los pastores, el polvo, lo nuevo, el buscar un plano para el ganado. Cuando todo  se serena, han llegado al Portillo de Santa Margarita, otros rebaños en otros corrales improvisados, se ven aquí y allá en donde el ganado empieza a sestear buscando la noche. Parideras y corrales desperdigados al abrigo del cierzo, aprovechando alguna elevación o alguna hondonada. Algunos hombres descargan a los asnos y los desalbardan, otros se sientan alrededor de hogueras. Con sus compañeros busca un corral y una cabaña cercanos, pero se muere de hambre y de cansancio, un rato después de haber recogido el rebaño, las voces cercanas y el olor persistente a humo les invita a compartir con otros pastores el primer hogar encontrado, después el compartir la escasa comida, el vino, y algún cigarrillo entre las manos, tumbados ya sobre un lecho de paja que   invita a dar un merecido descanso a todos los huesos del cuerpo.

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